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Una experiencia
de vida cristiana |
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El Movimiento de Vida Cristiana (MVC) es un movimiento
eclesial con una espiritualidad y un estilo propios
dentro de la comunión de la Iglesia. Es una
Asociación Internacional de Fieles de Derecho
Pontificio reconocido por la Santa Sede el 23 de marzo
de 1994.
El MVC constituye un espacio comunitario de encuentro
con el Señor Jesús, en el que se busca
experimentar una auténtica y comprometida vida
cristiana. Tratando de acoger la amorosa gracia que
el Espíritu derrama en los corazones[1],
sus integrantes descubren un llamado a encontrarse
con el Señor Jesús, a anunciarlo y a
proclamar el Evangelio de la Reconciliación
en el mundo[2].
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El Movimiento, como porción de la comunidad eclesial,
se inserta activamente en la misión de la Iglesia.
Por ello aspira a proyectarse apostólicamente a través
de la vida testimonial, el anuncio de la fe y la promoción
humana integral, a la luz del Evangelio y de las enseñanzas
de la Iglesia. Su identidad está sellada por su eclesialidad
y por su vocación al apostolado, que marcan su vida
y su compromiso.
El MVC está conformado por hombres y mujeres, de diversos
estados de vida, que se vinculan en una misión apostólica
común. Esta vinculación puede ser a título
personal o en forma colectiva, y lleva a constituir comunidades,
grupos, instituciones, asociaciones y servicios de diverso
tipo y con distintas finalidades apostólicas concretas.
Su horizonte es vivir según la fe de la Iglesia y aportar
al desarrollo de la vida cristiana en el mundo. Desde una
perspectiva tanto personal como comunitaria, los emevecistas
procuran coordinar la contribución de unos y otros,
desplegándose según el carisma, estilo y espiritualidad
del MVC al servicio de la misión de la Iglesia según
el Plan de Dios.
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Santidad, apostolado
y servicio |
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En lo central de
su experiencia de fe se sitúa el anhelo por
vivir la santidad, el ardoroso compromiso por el apostolado
y la entrega generosa y fraterna en el servicio. Estas
tres dimensiones expresan la identidad y la proyección
del MVC. En esa perspectiva, la vida es entendida
siempre en relación a la iniciativa divina
de amor. Así, es asumida, acogiendo la gracia
de Dios, en una respuesta libre y activa para que
cada quien coopere con el Amor. De tal forma, cada
cual se deja conformar con el Señor Jesús,
y de esa manera se encamina a la plena participación
en la Comunión Divina. Es este proceso de conformación
el que nos conduce a la santidad. Quien vive en comunión
con el Señor y en fidelidad al divino Plan
se siente movido a testimoniar y anunciar la fe en
el Señor Jesús. |
De esta forma, toda la vida se va configurando en un servicio
que brota del corazón convertido y se plasma en acciones
concretas de amor a Dios y de fraterna solicitud por los hermanos,
especialmente por quienes están en necesidad. En este
compromiso los miembros del MVC acuden a la intercesión
de la Inmaculada Virgen María, en quien descubren a
la Madre amorosa.
El servicio apostólico que el MVC se siente llamado
a cumplir se inscribe dentro del marco de las enseñanzas
del Concilio Vaticano II, al que considera un «acontecimiento
providencial» [3] y un verdadero
don del Espíritu para estos tiempos y el tercer milenio
adveniente. En las orientaciones conciliares y en las impostaciones
locales --como por ejemplo las Conferencias Generales del
Episcopado Latinoamericano-- nutre su vocación eclesial.
Mira siempre con atención al Magisterio, y aspira a
colaborar en su vivencia y aplicación.
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Evangelización,
reconciliación, comunión |
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La gran tarea que descubre el MVC en esta hora de la
Iglesia es la de promover una renovada evangelización
y reconciliación, para que así sus miembros,
aspirando ser permanentemente evangelizados y reconciliados,
puedan ser evangelizadores y reconciliadores según
los impulsos del Espíritu Santo. Ése es
el horizonte concreto hacia el cual el MVC quiere dirigirse.
Asume vivamente el desafío de la Nueva Evangelización
que el Magisterio ha propuesto con insistencia como
programa para estos tiempos de profundas transformaciones
culturales. Y este programa, como dice Luis Fernando
Figari, Fundador del Movimiento de Vida Cristiana, implica
«acoger el llamado, acoger coherentemente la luz
y la fuerza del Evangelio, dejándonos conformar
en el Señor Jesús, y así ir al
encuentro de las personas y de la cultura, anunciando
la liberación cristiana con espíritu pascual
y recorriendo el camino de la cuádruple reconciliación»[4].
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El MVC desea vivir de manera intensa la comunión en
la fe. En primer lugar reconoce que forma parte del Pueblo
de Dios y quiere, como tal, contribuir en el fortalecimiento
y extensión de dicha comunión. Entendiendo a
la Iglesia como un sacramento de comunión y reconciliación
del ser humano con Dios, y de los hombres entre sí[5],
vive en el dinamismo de una eclesiología que expresa
estas características. Es en dicha comunión
en donde se produce el encuentro con el Señor Jesús.
Y dicho encuentro es el camino hacia la participación
en la Comunión Divina de Amor que es la Santísima
Trinidad.
Esta comunión se trata de hacer concreta en la vida
cotidiana de los emevecistas a través de la vivencia
de la caridad, poniendo un especial énfasis en la formación
básica en la fe de la Iglesia y en la adherencia e
internalización de tan grande don en el horizonte de
la esperanza.
El MVC está organizado en base a comunidades de fe,
en las cuales se anhela de manera consciente y activa vivir
la comunión y la fraternidad, para proyectar luego
esa experiencia en todos los servicios que se prestan. Expresión
de esta realidad es el clima de acogida y de festiva celebración
que se vive al interior de las comunidades que conforman el
MVC. Y en todo esto el corazón de la vida y acción
del Movimiento está en la sagrada Eucaristía,
«Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida»[6],
fuente de la comunión y de la reconciliación.
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Notas
[1]Ver Rom 5,5.
[2]Ver 2Cor 5,19.
[3]S.S. Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente, 18.
[4]Luis Fernando Figari, Horizontes de Nueva Evangelización,
Lima 1994, 79.
[5]Ver Lumen gentium, 1; S.S. Juan Pablo II, Reconciliatio et
paenitentia, 8; Sínodo extraordinario de los Obispos
de 1985, Relación final, II,A,2, y II,C,1.
[6]Presbyterorum ordinis, 5. |
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